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La huella de las avestruces desaparece de Extremadura

Los elevados costes de producción y la falta de mercado han hecho que las granjas de estos animales casi se hayan extinguido en la región

noticias sobre naturalezaOtra desilusión más. Apenas ha pasado una década desde que estallara la fiebre de las granjas de avestruces y ya está claro que se trató de un simple espejismo. Ni los ganaderos se volvieron millonarios ni las zonas más deprimidas de la región pudieron salir de su atraso. Los animales no se adaptaban tan fácilmente al campo extremeño, los precios no eran tan altos y no había tanta demanda.

Seguir la pista a los pioneros de esta ilusión no es nada fácil. En Internet no existe hoy en día ninguna referencia de Extruz, una asociación que llegó a reunir a treinta productores. La supuesta página de la asociación nacional está en venta, y en su supuesto teléfono responde ahora una voz que no sabe ni cómo es este animal. Todo se fue tan pronto como llegó, sin dejar rastro.

La historia comienza en 1996, aunque ya hubo algún experimento a finales de los ochenta. Fue entonces cuando un proyecto eligió Azuaga para instalar una granja. No pasó de una primera fase y aún hoy se pueden apreciar desde la carretera las huellas de la idea.

Testigo de aquella experiencia fue Manuel López, que entonces era jefe de la Agencia de Extensión Agraria en la Campiña Sur. «Creo recordar que había capital extranjero implicado. Opino que la cría de la avestruz no cuajó en la región debido a que no se hizo la necesaria labor de promoción y comercialización de esta carne. No he visto en ningún restaurante que tuviera en la carta filetes o pechuga de avestruz. Además, la competencia que había en esta zona era muy fuerte. El cerdo o el cordero tenía unos precios muy competitivos. Tuve la oportunidad de probar la carne y me pareció que estaba muy buena. Además, los animales se adaptaron bien, con su peculiaridades», recuerda López.

Ya en 1996, Gregorio Benito creó en la localidad cacereña de Cilleros una granja con un centenar de animales traídos desde Tanzania. El ejemplo cundió rápidamente, ya que las ventajas parecían muchas. Se decía que se trataba de animales fáciles de criar y de rápido engorde. Los que la probaron aseguraban que la carne era exquisita, con muy poca grasa, un auténtico manjar.

Engordar el mito

Los medios de comunicación también engordaron el mito. En las hemerotecas descansan publicaciones nacionales económicas que aseguraban que en un solo año se podía recuperar la inversión realizada.

Pero lo que realmente desató la fiebre fue la coyuntura de los mercados. La crisis de las vacas locas, entonces en su apogeo, provocó la caída en el consumo de carne de vacuno y la búsqueda de alternativas. En aquellos años se triplicó la demanda de carne de avestruz, que llegó a costar en los mercados 30 euros de la época el kilo.

Todo los factores soplaban en la misma dirección. La Junta de Extremadura subvencionaba estudios universitarios para investigar sus potencialidades y una parte muy importante de los fondos europeos Proder y Leader se emplearon en ayudar a los emprendedores.

Todo ello hizo que muchos ganaderos probaran suerte. En poco tiempo, la región alcanzó el centenar de explotaciones, la mayoría de pequeño tamaño, que se vieron desbordadas en un principio. «No damos abasto», contaba entonces un productor a este diario.

De la avestruz valía todo, como el cerdo. La carne se comía, la piel se aprovechaba en marroquinería y las vísceras valían para patés. Con las grasas se hacían cosméticos, las pestañas se usaban para fabricar pinceles y las plumas tenían como destino formar parte de plumeros. Hasta los huevos se podían vender como elemento decorativo.

El declive

Una década después, las huellas de las avestruces han desaparecido casi por completo de Extremadura. Al menos en lo que se refiere a la producción industrial, porque aún se ven algunos ejemplares en las fincas. Los ganaderos aún mantienen unos pocos ejemplares, bien por motivos sentimentales o por si vuelven a ponerse de moda.

Pero fue un ocaso paulatino. En 2004, por ejemplo, muchos habían tirado ya la toalla, y en la provincia de Badajoz sólo se contaban 27 granjas de este tipo. Esta semana, este diario solamente ha podido encontrar una.

Por el camino se quedó, por ejemplo, Infinsa. Asentado en Olivenza, se trataba de uno de los proyectos más grandes que vieron la luz. A la granja inicial se sumó luego un matadero exclusivo para este tipo de animales. Sin embargo, cerró las puertas hará un par de años. La causa fue «la escasez que teníamos de materia prima», rememora Manoli Pablo, una de las promotoras. «Últimamente teníamos que traer los animales de Sudáfrica. Debido a factores como el clima o por lo que fuera, lo cierto es que el porcentaje de crías era muy bajo y los primeros meses costaba mucho sacar adelante a los pollos».

Sin embargo, ese no era el problema más generalizado entre los productores del sector. La mayoría de ellos achacaba la falta de rentabilidad a las malas perspectivas de comercialización. El consumo de carne de avestruz realmente nunca llegó a despegar. En cuanto se estabilizó la situación del vacuno, desapareció el efímero auge del avestruz, sobre todo en el sur peninsular. Los pocos huecos del mercado estaban en el norte del país y el canal horeca (hostelería, restauración y catering). Los que al final más han durado han sido los que se abrieron al comercio exterior. Al parecer, en Centroeuropa eran menos reacios a salir de las carnes más tradicionales.

A toro pasado, muchos lamentan que no hubiera campañas de promoción de este producto. Además, lo que al principio parecía una ventaja se acabó convirtiendo en un problema. El alto coste de la carne era otro freno al consumo.

Al final, hubo productores que tuvieron que vender animales adultos por 30 euros, cuando los reproductores les costaron más de 4.200. Otro de los que se quedó por el camino fue Juan Antonio Sosa, aunque en su caso no se trató sólo de un problema económico.

Hace diez años inició una aventura empresarial en Barcarrota, que abandonó hace dos. La causa estuvo en las exigencias de inversión que le exigía la Junta de Extremadura para mantener el negocio. «Me pedían que construyera unas naves y unos equipamientos que yo no me podía permitir», narra.

Y es que para él, el negocio no marchaba mal. «Para mí era rentable. Yo tenía 15 animales, cinco tríos, que había criado yo mismo. Me centré en vender los huevos de los animales a otro productor que había en Calamonte. De allí viajaban a Valencia, donde eran incubados. Así, yo me ahorraba alimentar a los pollos».

Superviviente

Uno de los ganaderos que se abrió al mercado exterior es Benito Parra, que ha conseguido sobrevivir hasta ahora. Con su empresa Agroparra sigue criando animales en F
uente de Cantos. El término no es suyo, pero asiente cuando se le define como «el último de Filipinas» de la cría del avestruz, negocio en el que comenzó hace 12 años.

Sin embargo, la crisis general que acecha a la ganadería también le ha afectado. La subida de los costes, especialmente el precio del pienso, está comprometiendo su rentabilidad. Ve como en los próximos meses va a tener que cerrar el negocio, como ha pasado con el resto de productores. «El motivo principal de poner punto y final proviene sobre todo de la espectacular subida que está experimentando el pienso en los últimos meses. No es que se le pierda dinero, pero tampoco se le saca. El precio que nos pagan no está subiendo, porque la mayor demanda la está recibiendo África. Allí es mucho más barato y son quienes realmente venden en este negocio. En ese continente, el avestruz está por el campo igual que nosotros tenemos a nuestras ovejas».

Según informa José Manuel Aranda, este empresario cuenta en su explotación con algo más de 100 animales, de los que destaca la calidad de su carne. «Es un animal del que se aprovecha todo. Su carne es de muy buena calidad, muy parecida a la de la ternera, pero más fina», asegura Parra.

Durante los últimos años, este empresario comercializaba sus carnes a varios restaurantes de Badajoz y Sevilla, aunque su comercio también se encargaba de distribuir aves vivas a países como Bélgica y Francia. También influye el hecho de que su hijo Miguel Ángel abandona el negocio para embarcarse en otras aventuras empresariales. Éste último comenta que una de las razones de las supervivencia de su negocio se basa en la capacidad de abrirse al mercado exterior.

Sin embargo, también recuerda que llegaron a vender 30 kilos diarios de carne en la propia región. Criar los animales no siempre es tan fácil como se decía, asegura Miguel Ángel. «Era cuestión de adaptarse y de aprender de nuestros errores. Aprendimos cómo les afectaba el frío o aspectos tan sencillos como la manera en la que había que colocar las piedras».

 

Fuente www.hoy.es 

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