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La verdadera historia de Laika, el primer ser vivo espacial.

El domingo 3 de noviembre de 1957, la Unión Soviética lanzaba al espacio la segunda nave espacial de la historia puesta en órbita alrededor de la Tierra. “El Sputnik II –así se llamaba este satélite artificial– lleva a bordo transmisores e instrumentos científicos de observación y un ser vivo…

La perrita Laika, momentos antes de despegar al espacio, en 1957  El domingo 3 de noviembre de 1957, la Unión Soviética lanzaba al espacio la segunda nave espacial de la historia puesta en órbita alrededor de la Tierra. “El Sputnik II –así se llamaba este satélite artificial– lleva a bordo transmisores e instrumentos científicos de observación y un ser vivo… un perro llamado Laika”. Este labrador copó rápidamente las portadas de los medios de comunicación de todo el mundo, y no era para menos, pes nos encontrábamos ante el primer ser vivo de la historia “del hombre” en surcar el espacio.
ABC, que mostraba en portada una fotografía del singular pasajero espacial, con la escafandra puesta, los ojos bien abiertos y la lengua fuera, como si fuera consciente del momento histórico que protagonizaba, le consideraba “el personaje del día”.
 
“Este animal, el personaje más importante del mundo en el día de hoy, había volado ya en un cohete a 120 kilómetros de altura y, provisto de un equipo de oxigeno, había descendido en paracaídas; el descenso duró una hora”, contaba el diario de Prensa Española, que se hacía eco de las satisfactorias condiciones en las que se encontraba la perrita, según los datos recibidos “de los latidos del corazón, presión de la sangre y otras indicaciones fisiológicas”.

Los más grave de que el Sputnik II se hubiera puesto en órbita para los Estados Unidos, que mantenía una “guerra” particular con la URSS por la conquista del espacio, no era la hazaña científica que representaba, sino el contenido político y militar latente que lleva consigo, que era “lo que inquietaba a los diplomáticos de la ONU” la noche anterior.

La crónica telefónica del corresponsal de ABC en Nueva York, era aún más singular: “En Nueva York, cuando que protestar contra algo, se va a la Primera Avenida frente al inmenso dado de treinta y seis pisos de la ONU. Hoy se protestaba contra la Unión Soviética. Protestar contra la Unión Soviética también es una cosa frecuente en Nueva York. No se protestaba contra la degradación del mariscal. No se protestaba contra el fantástico montaje de la crisis siria, ni contra la dictadura de Nikita Kruschef. Se protestaba contra la presencia de Laika, la perrita siberiana, a bordo del Sputnik II, que la Unión Soviética lanzó ayer al espacio”.
Y luego añadía: “No digo que enviar un perro al cosmos sea un acto de amor a los animales, pero creo que lo que importa saber, más que la suerte de un perro, es lo que pueden hacer los Estados Unidos y el mundo libre para contrarrestar lo que los rusos están llevando a cabo en el campo de la astronáutica, con una precisión y una frecuencia escalofriantes”.
A 8.000 metros por segundoSí, la Guerra Fría estaba en uno de sus puntos más álgidos, y los Estados Unidos y la URSS se peleaban hasta por lo que ocurría “ahí fuera”. Y mientras abajo los hombre discutían, Laika surcaba el espacio a “8.000 metros por segundo” ajena a todo… incluso al espacio.
Laika viajaba dentro del dispositivo herméticamente cerrado del satélite artificial ruso, que llevaba consigo todo un arsenal de tecnología, que nadie ahí dentro sabía utilizar: instrumentos para estudiar las radiaciones solares, los rayos cósmicos, las temperaturas y presiones, el proceso vital en las condiciones del espacio cósmico, transmitir los resultados de las medidas científicas de la Tierra, dos transmisores de radio y, menos mal, “ un sistema acondicionado de aire y alimentos para Laika”… si no, el despiste hubiera sido grande.
Aunque tampoco le importó mucho el tema de la comida a la pobre perra, que murió entre cinco y siete horas después del lanzamiento… mucho antes de lo planeado. La causa de su fallecimiento, que no fue revelada sino hasta el 2002, fue una combinación del estrés sufrido y el sobrecalentamiento ocasionado por un desperfecto del sistema de control térmico de la nave.
Aunque Laika no sobrevivió al viaje, su experiencia demostró que es posible que un organismo soporte las condiciones de microgravedad.
La andanzas de esta desgraciada perra, sin embargo, pasaron a formar parte de la historia del siglo XX… a pesar de que otros personajes amenazaran con tambalear su popularidad: “Los Estados Unidos han comunicado que, en sus futuras experiencias, que se anuncian para muy pronto, emplearán monos en lugar de perros”.
 

 

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